No hay insomnio más radioactivo que el provocado por una ruptura amorosa.

Llevaba varios días encerrado en mi cuarto, la casa me la dejaron mis padres heredada de mis abuelos, una casa grande, con un patio gigantesco que cuando era niño y anochecía, salía a jugar con mis primos, imaginábamos que era un bosque encantado, la única que no se unía era mi hermana, siempre fue la racional de la familia, pero también la que pasaba el día encerrada.

Ahora es a mí al que ya no le gusta salir de su cuarto más que a la cocina y eventualmente a la sala. No hay nada más crudo y cómodo que tu propio cuarto, porque de ahí nace todo. Ahí es a donde regresa todo.

Mi novia me había cortado y por esa razón yo no salía de mi cuarto, ni saludaba a la luna al llegar, ni me era fácil dormir cuando salía. Solo en mi recámara apaciguando mis ansias. Cada que pensaba en la playa iluminándose por la sonrisa de Bere, abrazando a otro, me había dejado por irse a la playa con otro.

Tuvo la decencia de dejarme antes de hacerlo. Decencia. Me acordaba y me dolía, pero hace años había encontrado la cura a todos esos dolores, la vitacilina de los sentimientos. Así que me armé un porro con las canas que me compré cuando regresaba por última vez de casa de mi novia, llorando, sabía que las necesitaría.

Trabajaba en el forjado del porro con los ojos medio cerrados, mis ojos me engañaban o el papel brillaba, dejaba brillos en mis dedos al enrolarlo. Lo prendí y vi unas chispas extrañas. Poco me importó y seguí fumando. Cada vez parecía brillar más, o estaba ya muy pacheco.

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Caminé al interruptor de luz y la apagué, entre mis dedos, contrastaba en la oscuridad una varita iluminada, no me sorprendió, de alguna manera ya me había hecho a la idea.

Me acerqué a la boca el porro e inhalé, di los pasos de regreso a mi cama y seguí consumiendo el gallo acostado, hasta que la punta de la casi extinta varita, quemaba mis yemas. Traté de abrir la ventana, para aventar al patio la bacha. No la alcancé. La ventana está en la pared al lado de mi cama, acostado normalmente la alcanzo apenas sin estirarme, solo levantando el brazo. Lo volví a intentar, no tocaba ni el vidrio ni la fría pared.

Me pareció raro pero decidí acercarme, rodé dos cuerpos y no sentí el frío de la pared que sin duda debería estar ahí. Exhaltado me puse de pie en mi cama. La cama era del tamaño de un estadio de futbol.

La bacha quemaba mis dedos y la solté, con el pie la apagué sobre la cabija, la bacha parecía tener el mismo tamaño a comparación mía, pero todo lo demás había crecido. Me sentí muy pequeño y cada vez más solo.

Quería caminar a mi celular y marcarle a mi hermana. Tal vez ella tendría la solución, porque me sentía tan volado que yo no podría resolverlo solo. Todo esto iba pensando mientras atravesaba la kilométrica cama, llegué al lado del mueble, pero ¿Cómo alcanzaría a subir? No lo había pensado. Diablos. ¿Cómo pasar de la cama al mueble sin morir en el intento?

Levante la cobija como pude y empecé a jalar la sábana, la arrugaba y seguía sacando mas para abultarlo, poco a poco iba construyendo mi monte, pero la sábana se terminó, lo demás debía estar atorado, volteé al mueble y estaba a unos metros, podía ver el celular. Intentaría brincando, pero si no llego probablemente caiga al piso y en esta ocasión de la cama al suelo hay un tramo mortal.

Bajé mi pequeño monte de sábana, tomé la cobija y empecé a subir con ella mi sabanesco monte. Pensaba que bastaría con una arruga encima, pero el peso empezó a ganar y lo poco que junté quedaba a la misma altura que la sabana sola, ahora la cobija hundía con su peso cada vez mas la sábana, en pocos segundos estaría mucho mas abajo y ya no podría llegar sin reiniciarlo todo y me sentía exhausto físicamente.

El momento me tomó por sorpresa y necesitaba actuar si quería llegar al celular. Salté. Salté sin tomar vuelo pero con todas mis fuerzas, en el aire vi todo en cámara lenta y sentía como si aún me siguiera encogiendo. No llegué con el salto, pero quedé con medio cuerpo por encima de la mesa, me levanté con los brazos y me incorporé.

Caminé al celular y marqué el número de mi hermana, no contestó. La segunda vez que marqué me costó el doble de tiempo recorrer los números, parece que si me estaba haciendo más diminuto. Otra vez no contestó, no quise marcar una tercera vez por miedo a verme aún más disminuido.

Caminé a la caja de la mariguana y sirviéndome de la tapa, subí y la miré desde arriba. Podía fumarla, pero debía sacar un cogollo y llevarlo a donde están la pipa y el encendedor. Perfecto. Me agarré del borde con una mano, con los pies me apoyé en la pared de la caja y con la otra mano trataba de alcanzar un poco de mota.

La caja es metálica con superficies lisas, se soltó la fricción que hacía con mi pie y resbalé, pude haber aguantado colgado de un brazo si no fuera porque al resbalar me golpeé las costillas y perdí el aire y las fuerzas. Me solté y al caer sentí romper ramas y arrancar hojas, como si cayera en un bosque de árboles muy frondosos.

Seguí cayendo hasta chocar con el pasto, me dolió mucho menos de lo que pensaba que dolería caer de esa distancia. Miré hacia el cielo supe donde estaba, atravesé el bosque y llegué a mi casa. Caminé directito a mi cuarto y me acosté exhausto.

Por fin dormiría.

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